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domingo, 7 de febrero de 2010

Al presidente: váyase

Excepcional Cristina López Schlichting en este artículo. Nunca con tan pocas palabras se dijeron tantas verdades:

Al presidente: váyase

Señor Zapatero: Váyase. Se lo digo con pena y con agotamiento, váyase. La bolsa se hunde, el déficit está disparado, nadie quiere la deuda española, hay cuatro millones de parados. Basta. Esta es una gran nación. Es verdad, hay una crisis mundial, ha estallado la burbuja inmobiliaria, vale, pero ni el peor de los augures podía imaginarnos de nuevo en el furgón de cola de Europa, despreciados por todos, a punto de convertirnos en la Argentina europea. ¿Qué confianza se puede tener en un hombre que se declara socialista y ateo y se va al corazón del imperio americano para hacer plegarias públicas con los más ricos banqueros? Se ha llevado a EEUU a los jefes de Iberdrola, del BBVA, de Acciona, de OHL y les ha soltado un rollo del Deuteronomio sobre el derecho del obrero al salario. Usted, que tiene sin trabajo a los españoles. Usted, que está bajando las pensiones. Usted ni es socialista, ni es obrero, ni tiene coherencia alguna. España no se merece un presidente así, por mucho que lo haya votado.Váyase ya, señor Zapatero. Cristina López Schlichting

La Educación para la Ciudadanía (artículo)

Artículo sobre la Educación para la Ciudadanía de José Manuel Mora-Fandos, escritor, gestor cultural de la Fundación Mainel de Valencia y director de estudios del Colegio Mayor Universitario de La Alameda

"Circulando por autopistas alemanas, amplias y encajonadas en altos taludes de perpetuo verdor, observé la imposibilidad de contemplar por la ventanilla las ciudades anunciadas por los carteles viales. Todo tiene su precio: la autopista es útil porque justamente te evita atravesar las poblaciones, y el verdadero peaje es el paisaje de velocidad y vegetación, inescapablemente único y monótono. Aún no hace mucho tiempo de cuando recorrer una distancia relativamente grande suponía el encuentro con lo humano: las vías atravesaban poblaciones y los niños desde el interior del vehículo miraban absortos los juegos de otros niños, un rebaño detenido a la entrada del pueblo, o aquella torre de la iglesia coronada de nidos de cigüeña. Antes viajábamos, ahora simplemente llegamos. Hemos deshumanizado las distancias, y es un signo de nuestros tiempos.
Las distancias antes preparaban para el encuentro. Desde los largos meses de Marco Polo hasta las largas horas que aún en los años 70 distaban entre la urbe y el lugar de veraneo, siempre había acontecido una aclimatación. El viajante cooperaba -no sin algún esfuerzo de su cuerpo y su alma- con esa mayor o menor transformación, con un itinerario que de algún modo algo le exigía. Viajar era conocer, y el conocimiento ha exigido siempre sus antesalas y su timing; tenía su pedagogía, su didáctica, sus lecciones que enseñar y sus notas finales. Y verdaderas joyas de la literatura se han fraguado en estos viajares, como las andanzas de Gabriel Miró o Azorín por nuestros pueblos levantinos.
Pero ahora nos interesa simplemente llegar sin recorrer. Sin echar piedras sobre nuestro propio progreso, me hace reflexionar ese turismo que nos encapsula a lo largo de unos cuantos miles de km, nos lleva a un lugar al que no hemos dedicado preparación suficiente, donde un ecosistema hotelero nos preserva del verdadero contacto con aquella realidad. Nunca lo real había estado tan lejos como ahora, porque hemos hecho invisible su lejanía. Pero noto que este fenómeno no sólo es privativo de nuestros modos físicos de viajar, pues afecta a esas prácticas virtuales en las que andamos enredados a lo largo del día y que terminan eximiéndonos de una implicación fuerte con lo real. Sólo las instituciones sociales, civiles y estatales, mediáticas, empresariales... suficientemente sensibles a los peligros colaterales de la virtualidad inherente a sus mediaciones buscan el modo de paliarlos fomentando el contacto con lo real, atendiendo al individuo como persona, intentando hacerse cargo de su complejidad, de su circunstancia existencial, de las tradiciones y las comunidades en que se ha configurado.
Justamente por estas razones no deja de llamarme negativamente la atención la asignatura conocida como "Educación para la ciudadanía". Un ejemplo más de la deshumanización de la distancia, porque se pretende la ilusión de que los alumnos lleguen a ser ciudadanos sin patear los caminos y sin andanza, arrumbando todo lo que configura sólidamente a la persona, y dejando al joven mondo y lirondo para vestirse con una ideologizada abstracción. Si todavía alguna abuela enseña la fábula del rey vanidoso y el traje imaginario, alguien podrá exclamar en un futuro cercano: "¡El ciudadano va desnudo!". Me sumo a la duda de que le competa al Estado educar para la ciudadanía, si con eso pretende ir más allá de una descripción de la Constitución, el sistema democrático y los derechos humanos. Porque, siguiendo a la profesora Concepción Naval, la auténtica educación para la ciudadanía sólo se da dentro de un marco moral, y a ningún Estado le compete inculcar marcos morales, decir lo que está moralmente mal o bien, algo más propio de regímenes ya felizmente dejados atrás. El marco moral es algo que se adquiere en el complejo arte del caminar, en la distancia, en la cercana compañía de las tradiciones y las comunidades. Desde ahí y a través de un respetuoso ejercicio democrático, se puede llegar con garantías a la ciudadanía.
Lo otro es asimilar la educación al modelo de un monopolio estatal de autopistas, donde se sube a los chicos y chicas en autobuses y "señores pasajeros, hemos llegado a la ciudadanía". ¿Pero a qué lugar habrán llegado nuestros jóvenes?, ¿y qué pasará cuando lleguen, si aquella abstracción con retranca moral les ha dejado en herencia unos cuantos eslóganes con los que hacer frente a los filos cortantes de la realidad, últimamente tan peligrosa?, ¿estarán preparados para lo que venga, o se tornarán violentos, de género, de fútbol, de xenofobia? La educación moral efectiva compete en primera instancia a los padres y a quienes estos elijan para llevar a cabo esta tarea, quienes estén preparados y dispuestos para acompañar responsablemente a los jóvenes. Por eso me parece que nuestros complejos y apasionantes tiempos piden una revaluación inteligente de esa ineludible distancia; un compromiso de respeto -en un verdadero ejercicio de subsidiariedad del Estado hacia las familias y comunidades- con el necesario itinerario existencial y moral que los chicos y chicas necesitan recorrer en compañía cálida y cercana, para llegar a la ciudadanía en una sociedad pluricultural. Sin espejismos ni curiosos atajos."

jueves, 28 de enero de 2010

La subversión del sentido común. Juan Manuel de Prada

Aquí adjunto un artículo de Juan Manuel de Prada en el periódico Padres y Colegios en el que denuncia la mala situación de los profesores en España y pone como ejemplo un caso sucedido hace poco. Además demuestra la mala situación que existe en España en el sector de la educación, un sector en el que los jóvenes cometen tropelías sabiendo que el castigo va a ser prácticamente nulo y los profesores van a quedar indefensos.

La subversión del sentido común

"La vamos a violar, la vamos a rajar y luego la vamos a mear encima". Este es el recado que cuatro alumnos de un instituto toledano lanzaron a una profesora que había cometido la imperdonable tropelía de expulsar del aula a uno de los cuatro valentones, tras sorprenderlo copiando en un examen.

Tan abyectas amenazas fueron castigadas por la dirección del centro con la sanción máxima, que son quince días de expulsión (los mismos, por cierto, que se imponen cuando se acumulan tres partes consecutivos por faltas injustificadas de asistencia); pero, expirado ese plazo, los mozalbetes han vuelto al instituto, siquiera mientras el órgano educativo competente considera su posible traslado a otro centro. De modo que la profesora vejada en su dignidad y amenazada de muerte tiene que pasar por el trago de volver a dar clase a quienes profirieron semejantes amenazas y vejaciones. La profesora envió una carta al diario ABC exponiendo sus tribulaciones; y así ha podido conocerse su caso, seguramente no demasiado distinto de otros muchos que cotidianamente acontecen en institutos y escuelas, donde ejercer de profesor empieza a resultar más peligroso que colgarse en el chaleco la estrella de sheriff en Tucson. Algunos pasajes de la carta estimulan nuestra piedad; otros resultan estremecedores hasta el repeluzno; y en todos ellos relumbra la lúcida denuncia de la indefensión de una mujer a la que se ha encomendado la misión de educar hombres y se ve obligada a convivir con hienas. Así, ante la posibilidad de que el traslado de los valentones a otro centro no se realice, por no dificultar "su derecho a la educación", se pregunta esta profesora ultrajada: "¿Y los derechos a la educación de aquellos alumnos que vienen a clase a estudiar y no a amenazar? ¿Y mi derecho a la dignidad? ¿Dónde están el respaldo y la protección que las instituciones educativas tienen que dispensar a todo profesor? ¿Dónde la aplicación de las normas? ¿Cómo se espera que una persona pueda cumplir con sus funciones cuando están amenazadas su vida y su integridad sexual? Llevo cerca de un mes tomando tranquilizantes para dormir, tengo miedo, inseguridad y además me siento profundamente herida". Un reglamento educativo que, ante agresiones verbales y amenazas tan graves y aberrantes, arbitra una sanción máxima de quince días de expulsión del centro es propio de una sociedad enferma. Pues a esto se le llama condescendencia con la maldad, por no llamarlo connivencia con el delito o algo más feo aún. A un alumno que profiriese tales atrocidades habría -sin entrar aquí a considerar las posibles consecuencias penales derivadas de su conducta-, en primer lugar, que expulsarlo del centro en el que estuviese cursando sus estudios, imponerle la prestación de algún servicio social especialmente gravoso y, sólo después de que se haya comprobado su regeneración, permitirle proseguir sus estudios, por supuesto en otro centro convenientemente alejado. También habría que imponerle algún tipo de sanción económica, que incluyese multa e indemnización a la profesora ultrajada; y, en caso de que el alumno no pudiera pagarla, se exigiría su abono a sus progenitores, a quienes corresponde la responsabilidad de inculcar reglas de conducta a sus hijos. Y, por supuesto, en el expediente académico del alumno que profiriese tales atrocidades debería incorporarse, a modo de baldón, una nota que recordara la felonía cometida. Pero todo esto ocurriría en una sociedad sana. En una sociedad enferma como la nuestra el matonismo se premia con quince días sin clase (unas vacacioncillas añadidas), y a los profesores que lo sufren se les condena a convivir con el miedo, a arrastrar su dignidad por el fango y a comerse con patatas su humillación. Es la pura y rampante subversión del sentido común.

Juan Manuel de Prada


Esto solo podría ocurrir en una sociedad como la de nuestro país, que tiene un sistema educativo espantoso cuya raíz es el intento del gobierno de adoctrinar a los más jóvenes para convertirlos en sicarios a sueldo de la progresía.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Nadadores a contracorriente

Genial artículo de Juan Manuel de Prada sobre la manifestación por la vida del 17 de octubre.

Escribía Chesterton que sólo quien nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo. Se trata, desde luego, de un ejercicio nada plácido, pues la energía que el nadador a contracorriente emplea en cada brazada no se corresponde con un avance proporcional; y basta con que flojee en su ímpetu para que la tentación del desistimiento haga mella en él.

Quien nada a favor de la corriente, en cambio, no tiene que molestarse en bracear; y ni siquiera es preciso que esté vivo, pues la corriente seguiría arrastrándolo como si tal cosa. Las grandes batallas del pensamiento, las conquistas que han ensanchado el horizonte humano, siempre se han librado a contracorriente; y, con frecuencia, quienes se atrevieron a protagonizarlas fueron contemplados por sus contemporáneos como retrógrados, incluso como peligrosos delincuentes.

Pero, junto al rechazo o incomprensión de su época, estos pioneros que osaron contrariar el «espíritu de los tiempos» pudieron proclamar con orgullo que estaban vivos; y con su sacrificio irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte, convocaron a la vida a quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas nadaban a favor de la corriente.

Así debió ocurrir con los primeros patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos, como aquel Filemón que, siguiendo las instrucciones de San Pablo, decidió acoger a su esclavo Onésimo como si de un «hermano querido» se tratase. Cuando Filemón manumite a Onésimo, la esclavitud no era tan sólo una institución jurídica plenamente reconocida, auspiciada y protegida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana.

Según establecía el derecho de gentes de la época, los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran «personas» en el sentido jurídico de la palabra, sino «bienes» sobre los que sus amos podían ejercer un «derecho» de libre disposición. Los nadadores a contracorriente como Filemón alegaron entonces que, más allá de los preceptos legales, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable; y que tal dignidad era previa a su consideración de ciudadano romano.

Aquella subversión del sistema legal establecido ponía en peligro el progreso material de Roma; y quienes entonces nadaban a favor de la corriente se emplearon a fondo en el mantenimiento de un orden legal que favorecía sus intereses.

Tan a fondo se emplearon que la abolición de la esclavitud aún tardaría muchos siglos en imponerse; y no lo hizo hasta que el ímpetu pionero de nadadores a contracorriente como Filemón propició una metanoia social, un cambio de mente que antepuso ese meollo irrenunciable de humanidad que nos permite distinguir la dignidad inalienable de cualquier persona sobre los indudables beneficios económicos de la esclavitud. Y en el largo camino que condujo a esa conquista muchos Filemones fueron señalados como retrógrados, perseguidos y condenados al ostracismo.

Como ocurriera hace dos mil años a los primeros patricios romanos que empezaron a manumitir esclavos, ocurre hoy a quienes se oponen al aborto. Los nadadores a favor de la corriente los anatemizan y escarnecen, los calumnian presentándolos como detractores de los «derechos de la mujer», los caracterizan como sombríos «retrógrados» que amenazan el progreso social.

Pero, como aquellos primeros patricios romanos que reconocieron en cualquier persona una dignidad inalienable, quienes hoy se oponen al aborto no hacen sino velar por ese meollo irrenunciable de humanidad que nos constituye, que nos permite reconocer como miembro de la familia humana a quien aún no tiene voz para proclamarlo, que nos impone proteger la vida gestante, la más desvalida e inerme, como garantía de nuestra propia supervivencia moral, para que no nos ocurra lo que Marcel Proust denunciaba, al describir el clima de corrupción en el que se desenvolvían sus personajes: «Desde hacía tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo, ellas se encontraban a gusto».

El día en que nos encontremos a gusto en un ambiente vital que consagra el aborto como «derecho» habremos dejado de merecer el calificativo de humanos; porque simplemente habremos dimitido de la razón, que es —según nos enseñaba Aristóteles— capacidad de discernimiento sobre lo que es justo y lo que es injusto. Y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse.

Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer; y entonces nos convertimos, irrevocablemente, en esos nadadores a favor de la corriente que, sin advertirlo, aceptan su propia muerte con tal de no bracear.

Porque muertos están quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas defienden el aborto; y también quienes con su silencio o indiferencia lo amparan, quienes con su anuencia sorda respiran sus miasmas, fingiendo que no les contagian.

A los soldados aliados que, en su avance hacia Berlín, liberaban los campos de concentración donde durante años se habían hacinado prisioneros famélicos, puras radiografías de hombre despojadas de su dignidad, no les estremecía tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cadáveres incinerados sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices.

Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: llegará el día en que las generaciones venideras, al asomarse a los cementerios del aborto, se estremezcan de horror, como hoy nos estremecemos ante las matanzas que ampararon los totalitarismos de hace un siglo (sólo que, para entonces, las cifras del aborto serán mucho más abultadas, vertiginosas de tan abultadas); pero se estremecerán, sobre todo, ante la complicidad tácita de una sociedad que, dimitiendo de su humanidad, prefirió volver el rostro hacia otro lado cuando se trataba de defender la vida más inerme, que incluso aceptó el aborto como un instrumento benéfico, entronizándolo en la categoría de «derecho».

A esas generaciones futuras les consolará, sin embargo, saber que, mientras muchos de sus antepasados renegaba de su condición humana, acatando la barbarie y bendiciéndola legalmente, hubo unos cientos de miles de españoles que el sábado 17 de octubre de 2009 salieron a la calle para gritarle a una sociedad que yacía agusanada en la tumba: «Levántate y anda». Y, agradecidos, comprobarán que, con su gustoso sacrificio de nadadores a contracorriente, aquellos cientos de miles de españoles irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte.

sábado, 17 de octubre de 2009
Juan Manuel de Prada




jueves, 10 de septiembre de 2009

Artículos interesantes

Aquí os dejo un enlace a una página en la que hay varios artículos interesantes sobre Educación para la Ciudadanía. Están escritos por gente de la talla de Juan Manuel de Prada, Alejandro Llano, Ignacio Sánchez-Cámara... Merece la pena leerlos.

http://www.conoze.com/doc.php?doc=5824

martes, 7 de julio de 2009

Juan Manuel de Prada, "Educación para la esclavitud", ABC, 17.VII.06

Artículo del conocido articulista de ABC, D.Juan Manuel de Prada en el que habla sobre la Educación para la Ciudadanía.

Recordemos la célebre frase de Jean-François Revel: «La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano». Todas las ideologías totalitarias que en el mundo han sido aspiran a crear, bajo esa máscara de bondad, un «hombre nuevo» que se amolde a sus postulados. El ser humano, cada ser humano, posee unos rasgos, querencias y convicciones de índole moral que dificultan la consecución de ese modelo; las ideologías totalitarias, lejos de admitir la pluralidad de sensibilidades que componen la sociedad, tratan de modificarlas mediante la «reeducación», hasta convertirlas en engranajes del sistema. Si algo hermanó al nazismo y al comunismo fue precisamente este propósito de fabricar un «hombre nuevo», en el que el valor intrínseco de la persona era negado en pro de la comunidad. Esta labor de «reeducación» social se presentó, paradójicamente, como una empresa filantrópica. Y esa «máscara del demonio del Bien» fue a la postre la que amparó el derecho de desterrar a los arrabales de la sociedad a categorías enteras de hombres, incluso el derecho a aniquilarlos sin dubitación.

Este sueño de construir la sociedad perfecta e imponerla a los demás sigue infectando los regímenes democráticos, bajo estrategias mucho más amables y sibilinas. Un ejemplo palmario de ingeniería social lo representa esa asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, cuyo objetivo no es otro que imponer un nuevo sistema de valores, presentándolo como un imperativo moral e imprescindible para la existencia de una sociedad cohesionada. Para ello, se impone una «nueva ética» basada en los «nuevos paradigmas»: el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de derechos humanos, el nuevo paradigma de género, etcétera. A nadie se le escapa que el adoctrinamiento de las mentes infantiles produce a medio plazo unos opíparos réditos electorales; a nadie se le escapa que todo régimen político que anhela perpetuarse dedica especiales esfuerzos a las tareas de proselitismo y propaganda entre los más jóvenes, pues con ello se asegura un granero de votos. A través de esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, nuestros hijos serán atiborrados de un pienso ideológico que naturalmente no se limitará a incluir unas normas de convivencia cívica, sino que sobre todo se preocupará de imponer una «moral pública» que tuerza y pisotee la moral que los padres, legítimamente, les intentamos transmitir. Y así, por ejemplo, se entonarán las loas del «derecho a elegir libremente la opción sexual», y se les explicarán los muy benéficos logros que deparará la experimentación con embriones, todo ello aderezado con apelaciones a la «recuperación de la memoria histórica» y demás mitologías del Nuevo Régimen. La formación de nuevas generaciones de esclavos está asegurada.

Ante tal atropello, los ciudadanos libres -si es que todavía resta alguno -deben actuar enérgicamente. Recordemos las palabras de Henry David Thoreau en su opúsculo Desobediencia civil (1849): «Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, acatándolas hasta que hayamos triunfado? ¿O debemos transgredirlas de inmediato? Si la injusticia requiere de tu colaboración, convirtiéndote en agente de injusticia para otros, infringe la ley. Que tu vida sirva de freno para detener la máquina. Lo que debes hacer es tratar por todos los medios de no prestarte a fomentar el mal que condenas». Una ley es injusta cuando conculca derechos ciudadanos y trata de confiscar ese ámbito de libertad personal que corresponde en exclusiva al individuo y que el Estado no puede invadir. Esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía nos amenaza con una flagrante invasión de ese ámbito inviolable, ejercida además contra los más débiles e indefensos, que son nuestros hijos. La desobediencia civil será, llegado el momento, un recurso legítimo.